(48)
Por supuesto, otros escritores han proyectado sus esperanzas, prejuicios y aspiraciones en sus tributos a otras personas. Así, para la identificación de Orwell con Dickens, ver el sugestivo estudio de John Rodden, The Politics of Literay Reputation: The Making and Claiming of ‘St. George’ Orwell, New York, Oxford University Press, 1989, esp. Pp. 181-2, 238-9.

(49)
LM, Green Memories: The Story of Geddes Mumford, New York, Harcourt, Brace and Co., 1947, pp. 114-5, 126-8, etc.

(50)
LM, "Marsh’s Naturalist-Moralist-Humanist Approach" ( crítica de David Lowenthal George Perkins Marsh: Versatile Vermonter), Living Wilderness, 71, Winter 1959-60, pp. 11-13.

(51)
LM, "A Universal Man", New York Review of Books, 23 mayo 1968, pp. 8, 10, 12, 15.

(52)
Donald Worster, "Transformations of the Earth: Toward an Agroecological Perspective in History", Journal of American History, 76, 4,1990, p. 1087.

(53)
Miller, Lewis Mumford, op., p.87

(54)
Ver, en relación con esto, mi polémica, "Radical American Environmentalism and Wilderness Preservation: A Third Word Critique", Environmental Ethics, primavera 1989.

(55)
Alfred Runte, National Parks: The American Experience, Lincoln, University of Nebraska Press, 1979. Mumford había anticipado la crítica de Runte al monumentalismo naturalista al lamentar la tendencia de los planificadores norteamericanos en el pasado a "dar importancia exclusiva a las formas más raras de paisaje". Continuó, "si la cultura de ambiente hubiera entrado profundamente en nuestras consciencias, nuestras apreciaciones estéticas no se limitarían a las estupendas formaciones geológicas como el Gran Cañón de Arizona: debemos mirar de igual modo cada rincón de la tierra, y no quedarnos indiferentes ante la destrucción de las zonas menos románticas" (The Culture of Cities, op. Cit., p. 332). Este es otro ejemplo de la anticipación de Mumford, pues sólo ha sido en la última década cuando el movimiento conservacionista de la naturaleza salvaje ha cambiado sus prioridades hacia la protección de toda diversidad biológica y no pone ya énfasis exclusivo en lo espectacular.

(56)
Ver, por ejemplo, su ensayo polémico, "The Corruption of Liberalism", The New Republic, 29 abril 1940. Para una crítica conservadora de Mumford como anti-patriota, ver Edward Shils, "Lewis Mumford: On the Way to the New Jerusalem", The New Criterion, 9, 1, 1983.

(57)
"Let Man Take Command", op. Cit., p. 8; "Looking Forward", op. Cit., p. 545.

(58)
Ver, LM, "The Bolshevist Religion", The New Republic, 1 abril 1928; LM, "Alternatives to the H-Bomb", The New Leader, 28 junio 1954.

(59)
Una razón es, probablemente, su falta de interés por la ecología; otra es su confianza metodológica en los libros de Mumford y sus papeles privados, ignorando los artículos y ensayos para las revistas que yo mismo he utilizado. Puedo señalar también que mi propia reconstrucción de la filosofía ecológica de Mumford tiene deliberadamente un foco reducido; ignoro completamente sus escritos sobre arte y literatura norteamericanas y arquitectura, dos campos en los que tiene una gran reputación.

(60)
Citado en Kirpatrick Sale, "Lewis Mumford", The Nation, 19 Febrero 1990 (nota necrológica). A pesar de que Sale no ha escrito abundantemente sobre Mumford, es uno de los pocos ambientalistas norteamericanos que frecuentemente expresa admiración por él. Cf. Su Dwellers in the Land: The Bioregional Vision, San Francisco: Sierra Club Books, 1985.

Lewis Mumford
El Olvidado Ecologista Norteamericano:
Um Intento de Recuperacion
Ramachandra Guha
Parte III

Recordando a Lewis Mumford

Si la sección segunda de este ensayo seguía de cerca las historias ecológicas de Mumford, la sección anterior reconstruyó su filosofía ambiental a partir de los comentarios sociales que publicó en revistas norteamericanas. En esta sección intentaré explorar cómo Mumford podría haber querido ser recordado en cuanto pensador social y ecológico. Aquí, uso tres elogios que Mumford escribió sobre otras personas - su hijo, un pionero ecológico, y un genio del siglo XIX que él apreció mucho - . Ninguno de estos trabajos son bien conocidos, sin embargo es en ellos, aparentemente efímeros, donde podemos vislumbrar algo de la imagem que Mumford tenía de sí mismo, y sus dudas respecto a su propio lugar en la historia
(48).

El hijo único de Mumford, llamado Geddes Mumford en honor de Patrick Geddes, murió en combate em la Segunda Guerra Mundial a los diecinueve años. La pérdida de su hijo marcó profundamente al escritor y contribuyó significativamente a su profundo pesimismo respecto a la civilización occidental. Sin embargo, en la valiente memoria que escribió despúes de la muerte de Geddes Mumford, el padre celebrada en el hijo las actitudes hacia la tierra y hacia la gente que el mismo Mumford había apreciado durante mucho tiempo. En un capítulo muy pastoril, "La tierra y las estaciones", Mumford calificó a su hijo de "verdadero hombre del campo". A través de sus profundos sentimientos por el campo, Geddes Mumford "estaba renovando el espírito que Thoreau había llevado al campo americano... Geddes respondía en todas sus fibras a las preguntas de Thoreau: "¨quién no querría estar a la altura de las expectativas de la tierra?". En el otro capítulo, "Caminos del campo y vecinos del campo", también escrito en un tono pastoril, Mumford recuerda como a su hijo le gustaba trabajar con las manos y como sentía un intenso desagrado por las máquinas. Una ilustración de su "antipatía hacia la máquina", expresada a su madre cuando era un niño, era la preferencia de Geddes por un caballo para labrar los campos. Cuando su madre le sugirió que un tractor podría hacer el trabajo mejor, Geddes replicó asombrado: "Pero mamá, tu nunca has utilizado un tractor en la tierra, ¨verdad? ¨Has visto alguna vez los campos después de que el tractor haya pasado por encima? Un tractor no tiene cuidado con lo que hace: cava en la tierra y la levanta brutalmente. Un caballo pasa gentilmente. Nunca usaré un tractor".

Además, "los sentimientos de Geddes por el campo incluían a sus gentes". Aquí Mumford escribió evocando a un granjero vecino suyo, Sam Honour, de origen inglés, "lleno de amor hacia el campo... y más cerca de ser un campesino que cualquier otro americano que conozca". En su persona, Sam era "un espécimen viviente de una América más vieja y más doméstica, que estaba más cerca del ideal de Geddes que la actual"
(49).

El amor de Mumford por la tierra, como el de su hijo, nació de su contacto juvenil con el campo. Su conciencia ecológica madura le vino del trabajo de Patrick Geddes y del gran geógrafo americano que Patrick Geddes le había hecho conocer, George Perkins Marsh. En The Brown Decades (1931), Mumford alertó al público americano acerca del significado de este escritor olvidado, de manera que cuando una gran biografía apareció un cuarto de siglo después, Mumford estaba muy bien situado para escribir una apreciación de Marsh. La obra Man and Nature de Marsh era incuestionablemente un "estudio ecológico comprensivo antes de que se inventara la palavra ecología". Mumford también tenía razón al decir que Marsh se hubiera opuesto, en general, "al amplio programa de contaminación y exterminación que había sido introducido en nuestro país en nombre del progreso científico", y en particular, hubiera hablado, de estar vivo, contra la producción de energía nuclear con su potencial para "mutilar permanentemente" la raza humana y hacer el planeta inhabitable. Al poner en perspectiva el pensamiento de Marsh, verdaderamente Mumford revela el suyo propio: "Marsh no infravaloró la ciencia o la producción científica sino que valoró más la integridad de la vida...". La contribución mayor de ese hijo de Vermont fue "su combinación del enfoque del naturalista, del moralista y del humanista; proporcionó tanto las herramientas intelectuales como la dirección moral necesaria". Por tanto, "su tipo de mente era exactamente la contraria a los especialistas formados en Alemania que empezaron a dominar América en la década de 1880, cuando Marsh murió; éstos estrechaban su experiencia vital y separaban sus intereses especializados". Pero, irónicamente, fue la habilidad de Marsh para transcender las estrechas esferas de pensamiento la que "hizo su trabajo sospechoso para la siguiente generación, que se evitó el trabajo de evaluar su genio, ignorándolo"
(50).

Este tono defensivo, pouco frecuente en Mumford, también lo encontramos en su apreciación de William Morris, un genio del siglo XIX cuyos logros fueron incluso más amplios que los del versátil Marsh. Según Mumford, Morris no era meramente un "constructor de sueños", sino también un "realista resuelto, que rehusaba tomar los sórdidos triunfos victorianos del progreso mecánico como los éxitos finales del espíritu humano". No era, como se supone comúnmente, un revivalista, sino lo que Henry Russel Hitchcock había llamado un "neo-tradicionalista, puesto que no revive el pasado, sino que desarrolla lo que todavía permanece vivo en él". Morris indudablemente dedicó mucho tiempo y energía a recuperar las técnicas tradicionales que se estaban considerando superfluas en la era de la máquina. De hecho, Morris, "toda una generación antes de que los antropólogos empezasen su trabajo de salvación con grupos de la edad de piedra y comunidades tribales, hizo un trabajo similar en las artes y oficios de pasado de Viejo Mundo". Pero, "si hubiera tenido más simpatía por los éxitos peculiares de su propio tiempo, tal vez no hubiera tenido las energías concentradas y abundantes para su tarea de salvación".

Morris no quería abolir todas las máquinas: pensaba que podían hacer el trabajo necesario y dejar el otro, más agradable, para que lo hicieran las personas. Morris era, en efecto, un temprano defensor de las tecnologías apropiadas que, en vez "de aceptar cualquier megatécnica o monotécnica como inevidable... quería mantener vivo o si era necesario restaurar aquellas formas de arte u oficio cuya continua existencia enriquecería la vida humana e incluso mantendría el camino abierto para nuevos logros técnicos".

Al cambiar el estereotipo de Morris como un iluso soñodor, Mumford también reconocía su relación con el socialismo. A pesar de que llegó bastante tarde al socialismo, el trabajo vital de Morris fue reforzado inmesurablemente por la visión socialista, que "dío un mayor contenido social y un gran propósito humano en todos sus logros privados como artista, y le dio la confianza de trabajar por un futuro en el que todas las personas pudiesen conocer la alegria del trabajo creativo que él había conocido"
(51).

Escribiendo con casi diez años de diferencia, sobre dos gigantes muy diferentes del siglo XIX, hay similitudes en los tributos de Mumford a George Perkins Marsh y a Willian Morris. En ambos casos, parece que se ha proyectado a sí mismo, y más notablemente, la evaluacion social que prefería, en una classe de persona con ideas y acción parecidas, aunque de una generación anterior. Anticipa y contesta la crítica que Marsh estaba contra la ciencia, y atribuye su desinterés por la ciencia a su temor a ser atrapado por el especialismo. Mumford mismo se había enfrentado a esta crítica, en los foros intelectuales y políticos donde tenía audiencia. También su defensa de Morris puede entenderse como un producto de una cercana identificación personal. Morris, argumenta, no se opuso ciegamente a la tecnología; sabía cómo usar el pasado sin ser un revivalista; siendo más un "realista" que un "soñador", y estaba guiado hacia una profunda visión social por su acercamiento al socialismo. Al escribir esto, Mumford, podía o no haber sido consciente de que su defensa de Morris era a la vez una defensa de su propia vida y de su trabajo. Tenía 73 años, casi al final de su carrera activa y estaba profundamente inseguro de cómo la historia le juzgaría a él.

Conclusion

Volvemos a donde empezamos, com la recepción, o mejor dicho la no-recepción, de los escritos ecológicos de Mumford en su propia sociedad. En este punto es ilustrativa la mesa redonda sobre historia económica que ha organizado recientemente el Journal of American History. En su ensayo central, Donald Worster recuerda el llamado de Aldo Leopold en A Sand Country Almanac para una "interpretación ecológica de la historia", comentando que "los historiadores han tardado un poco en seguir la idea de Leopold" pero que por fin el campo de la historia ambiental "ha empezado a tomar forma y los que la practican estás intentando construirla a partir de su iniciativa (de Leopold)"
(52).

Desde luego, no tengo nada contra Aldo Leopold, ni de la considerable admiración que le tiene Donald Worster. Worster no es sólo el más brillante de los historiadores ambientales norteamericanos, está también entre los de mayor amplitud de intereses. Es más, consideró seriamente una vez escribir una disertación doctoral sobre Lewis Mumford. Entonces ¨por qué invocaría el llamado de Leopold por una historia ecológica, hecho de pasada y en un contexto totalmente diferente, en vez de invocar el trabajo del hombre que justamente puede ser visto como el fundador de este campo de estudio en América? Pues Mumford estaba usando el término "historia ecológica" ya en 1917
(53), dando las líneas generales de una teoría ecológica de la historia en sus brillantes ensayos sobre el regionalismo de la década de 1920, y escribiendo dos grandes historias ecológicas en la siguinte década. Como hemos visto, continuó escribiendo sobre temas ambientales hasta el final de su vida.

De todos modos, la preferencia de Worster debe ser explicada positivamente más que negativamente, es decir, a través de una identificación positiva con Aldo Leopold debido a la cual las más importantes contribuciones de Mumford quedan oscurecidas. Esto es siginificativo de la gran negligencia respecto a los escritos ecológicos de Mumford de parte de los historiadores ambientales, los filósofos ambientales, y los activistas ambientales norteamericanos. Aldo Leopold y John Muir están más cerca de la mente y el corazón de los ambientalistas americanos. Ambos fueron personas destacables, observadores cuidadosos del mundo natural y moralistas poderosos. Pero no tenían la visión histórica de Mumford, su sensibilidad sociológica o su profundidad filosófica.

Esta negligencia ha de ser explicada, y los siguiente párrafos ofrecen una interpretación preliminar. Una primera causa ha sido el dominio del pensamiento salvajista en el moviemiento ambiental americano. Al igual que Muir y Leopold, Mumford valoró la naturaleza virgen y la diversidad biológica, pero a diferencia de ellos, hizo hincapié simultáneamente en la diversidad cultural y las relaciones de poder dentro de la sociedad humana, Es más, su sutil y compleja filosofía no se puede reducir a la oposición maniquea de blanco y negro, o bueno y malo, cosa en la que el ambientalismo (como otros movimientos sociales) ha caido demasiado a menudo. Sacando de contexto el pensamiento de Muir y Leopold, los ambientalistas radicales pueden reducirlo a la oposición polar entre biocéntrico/antropocéntrico, una opción que está excluida por la naturaleza del pensamiento de Mumford
(54). En su trabajo no hay ninguna señal de buscar un único responsable, ya sea el capitalismo o los "ecologistas superficiales", el trabajo de Mumford va hacia la reforma social, reconociendo que el enemigo somos "nosotros".

En segundo lugar, Mumford no es un nacionalista de cortas miras. Algunos escritores han notado la compenetración histórica del ambientalismo y el nacionalismo en Norteamérica. El mismo movimiento de preservación de los espacios salvajes y de la naturaleza primitiva, empezó como una cruzada nacionalista para proteger "monumentos" de la naturaleza que no había en Europa; ese movimiento ha insistido luego en la necessidad de combatir la identificación de la cultura americana con el materialismo
(55). Políticamente, Mumford se había opuesto siempre al nacionalismo norteamericano y su expresión más extrema, el aislacionismo (56): intelectualmente, su internacionalismo es indiscutible. Al lamentarse del "falso dios tribal del nacionalismo", tenía claro que "los avances culturales normalmente ocurren por la fertilización cruzada", una creencia de la cual su propio pensamiento era un testimonio elocuente (57).

Las creencias políticas de Mumford también deben haber influido contra una más amplia aceptación cultural de su pensamiento en Norteamérica. Temprano crítico del stalinismo, fue un socialista toda la vida. Se lamentó de la tiranía política y de la adoración de la tecnología en la Rusia Soviética, pero reconoció que la promesa comunista de igualdad, aunque pervertida en la prática, estaba completamente de acuerdo con el espíritu de la época. Señaló que el trabajo de la democracia era enseñar que hay caminos mejores para promover la igualdad económica y política que la tiranía y el control del pensamiento
(58).

Finalmente, Mumford era demasiado amplio en sus intereses, e hizo contribuciones fundamentales en tantos campos que es fácil olvidar las raíces ecológicas de su trabajo. Así, dos reciente libros sobre Mumford - la biografía autorizada de Donald Miller y la colección de ensayos editada por Thomas y Agatha Hughes - son modelos de trabajo académico riguroso, y ambos son favorables a Mumford. Recogen cuidadosamente las contribuciones de Mumford a la arquitectura, la historia de la tecnología, la historia del urbanismo, el planeamiento regional y la literatura, pero son poco conscientes de sus escritos con orientación ecológica
(59).

Y por eso Mumford continúa siendo olvidado por los ambientalistas americanos. Y sin embargo, Mumford continúa hablando poderosamente a los ambientalistas de otras culturas. El notable pensador verde Rudolf Bahro (ex-Verde alemán) accedió tarde al pensamiento de Mumford, pero inmediatamente reconoció que su trabajo "tiene el mismo significado para el movimiento ecológico que el de Marx para el movimiento obrero"
(60). Lo que el visionario Bahro supo intuitivamente, he tratado de demostrarlo yo mismo cuidadosamente en este ensayo, con el acostumbrado aparato académico. Pero yo podría haber estado preparado para el fenómeno de un profeta poco reconocido en su propia cultura, aunque profundamente respetado fuera. ¿ Cuál ha sido el destino del mayor ciudadano de la India de este siglo, Mahatma Gandhi, y del mayor que nunca ha vivido, Gautama Buddha?

Colaboração de João Carlos Canuto (Cordoba-Espanha)


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